El asesinato de Gianni Versace

El asesinato de Gianni Versace se consumó con 2 disparos en la nuca, cuando el modisto estaba en la puerta de su casa, en Miami. Y este crimen fue recreado en la temporada 2 de «American Crime Story», tras una primera temporada centrada en el caso de O. J. Simpson. Pero el caso Versace es todavía más asombroso: su asesino había matado ya a otras 4 personas antes que al modisto, estaba por ello en la lista de los 10 más buscados del FBI, y hubo un despliegue de 400 policías para intentar capturarle. Y aún así, logró llegar hasta su famosa víctima y acabar con su vida a cara descubierta, a plena luz del día.

Poster de "American Crime Story: el asesinato de Gianni Versace".
Póster de la temporada 2 de «American Crimen Story».

¿Cómo pudo el asesino eludir el cerco policial, y qué relación tenía con Gianni Versace? ¿Se conocían previamente, o Versace fue la víctima aleatoria de un psicópata desbocado? ¿O no hubo nada de aleatorio en todo este extraño caso?

Y entre tanto drama, una pregunta que casi parece una broma: ¿por qué la policía de Nueva York detuvo al hijo de Andrés Pajares? Sí, ese Andrés Pajares: el compañero de reparto de Fernando Esteso en películas como «Los bingueros», «Yo hice a Roque III» o «La Lola nos lleva al huerto». Su hijo mayor, Andrés Burguera (hijo de Andrés Pajares y de la actriz Carmen Burguera) fue arrestado a punta de pistola en relación a la muerte de Versace, tan sólo 4 días después del asesinato.

De esta singular manera, el cine español ya estaba «conectado» con el crimen antes de que Penélope Cruz encarnara a Donatella Versace en «American Crime Story». Al propio Gianni lo interpretó en la serie el venezolano Edgar Ramírez. El cantante portorriqueño Ricky Martin dio vida al novio de Gianni Versace, Antonio D’Amico. Y el actor de San Francisco Darren Criss encarnó al asesino: el gigoló y aspirante a modelo Andrew Cunanan. Su sanguinaria travesía hasta Miami es, sin duda alguna, lo más escalofriante de todo este caso.

Doble foto de Edgar Ramírez con Penélope Cruz, y de Gianni Versace con Donatella Versace.
Edgar Ramírez y Penélope Cruz (a la izquierda) caracterizados como Gianni y Donatella Versace (a la derecha).

En las siguientes líneas desvelaremos qué ocurrió en esa travesía de locura y muerte, detallaremos la relación de Andrés Burguera con el caso y sabremos con exactitud cómo murió Gianni Versace.

Pero hay algo que no podemos saber: una pregunta que sigue sin respuesta, 24 años después del crimen. Un cabo suelto que nadie pudo atar, pese al extenso informe policial de 700 páginas con el que se cerró el asesinato de Gianni Versace. Un auténtico misterio sin resolver, en un caso que, más que a homicidio, huele a ejecución.

La escena del crimen

El crimen se cometió la mañana del 15 de julio de 1997, en la pequeña escalinata de la mansión de Versace. Está en el número 1.116 de Ocean Avenue, en South Beach, Miami, y era en aquel entonces la residencia privada más lujosa de la ciudad: 1.700 metros cuadrados de mansión con 10 dormitorios extragrandes, 3 salones, jardín, gimnasio, spa, y una piscina con azulejos de oro de 24 quilates.

Mansión de Gianni Versace en Miami.
La mansión de Gianni Versace, en Miami.

El modisto italiano regresaba a su mansión tras un breve paseo matutino con varias revistas bajo el brazo, incluidos los últimos ejemplares del semanario «People» y de «Vogue». Pero, ya en la verja de entrada, no pudo llegar a cruzarla: Andrew Cunanan apareció de repente y le pegó dos tiros. Los dos en la nuca, y el segundo cuando Versace ya estaba en el suelo. Se puede decir, por tanto, que Cunanan le remató.

Eran las 8.54 de la mañana.

El asesino huyó a pie, pistola en mano. Desapareció entre las calles aledañas mientras el novio de Gianni Versace, Antonio D’Amico, salía de la mansión tras haber escuchado los disparos. Con el moribundo Versace entre sus brazos, D’Amico pidó socorro a gritos. La ambulancia tardó 20 minutos en llegar.

Gianni Versace llegando en camilla al hospital.
Gianni Versace, con un hilo de vida, llegando al hospital.

El modisto italiano todavía estaba vivo cuando ingresó en el Hospital Jackson Memorial, de Miami. Y varios médicos lucharon desesperadamente por su vida… durante el poco tiempo que sobrevivió. Se le declaró oficialmente muerto a las 9:21 de la mañana. Y desde el mismo instante de su muerte, todo Hollywood se puso de luto.

Versace había vestido a algunas de las mayores estrellas del cine. Y su peculiar estilo, llamativo a veces hasta lo escandaloso, fue decisivo para cimentar la fama de mujeres como Jennifer Lopez, Demi Moore, Madonna o Liz Hurley (como veremos luego). Pero después de tantos años triunfando en el mundo del «glamour», no hubo nada «glamouroso» en la sangre que regó los 5 escalones de la entrada de su mansión.

La escena del crimen del asesinato de Gianni Versace: los escalones manchados de sangre.
La escena del crimen.

La historia de cómo un chico de Calabria acabó viviendo en una mansión de oro y excesos en Miami, previo paso por la Meca del Cine, es una historia digna de Hollywood. Y en ella encontraremos algunas de las claves del «misterio Versace».

La víctima: auge y caída de Gianni Versace

Giovanni Maria Versace nació en Regio de Calabria, en la mismísima «punta de la bota» de la península italiana, en 1946. Desde muy niño mostró un talento innato para la moda, y en cuanto pudo se estableció en Milán, donde fundó su propia empresa asociado con sus hermanos Santo Versace, un experto en finanzas, y Donatella Versace, que se ocupaba de las relaciones públicas, aunque también era diseñadora.

Santo, Donatella y Gianni Versace.
Santo, Donatella y Gianni Versace.

Los tres hermanos se complementaban a la perfección, y pronto triunfaron en las pasarelas. Pero buena parte del éxito se debió a sus contactos con el mundo del cine y de la cultura. Con Santo vigilando los números, Gianni fue diseñador de vestuario para ópera y ballet, mientras Donatella convencía a las estrellas de Hollywood para que lucieran en público los vestidos de su hermano.

Así fue como Liz Hurley se puso el mítico «vestido de imperdibles» de Gianni Versace, en el estreno en Londres de «Cuatro bodas y un funeral», el 11 de mayo de 1994. La actriz acudió al evento de la mano de su entonces novio, y protagonista del film, Hugh Grant. Pero al día siguiente, nadie habló de Hugh ni de la película… sino del vestido de Liz Hurley. Para los hermanos Versace, misión cumplida.

Liz Hurley con el "vestido de imperdibles" de Versace.
LIz Hurley con el vestido de Versace. ¿Por qué será que nadie habló de otra cosa?

Con golpes de efecto como ése, Gianni Versace fue ascendiendo a la cima del éxito, y se instaló en Miami. Compró allí la mansión conocida hasta entonces como «Casa Casuarina», construida en 1930, por 3 millones de dólares… y le hizo reformas por valor de 32 millones de dólares: casi 11 veces el coste inicial (los azulejos de oro no se pagan solos). En ella se instaló también el mencionado Antonio D’Amico, que fue pareja de Gianni durante más de 15 años. Y entre las funciones de Antonio estaba, por lo visto, la de captar jóvenes amantes para su célebre novio.

No es que fuera difícil captarles: la fama de Versace y su innegable magnetismo hacían casi todo el trabajo. No hacía falta persuadir a nadie (con palabras o con dinero) para tener una lista de candidatos encantados de pasar por la mansión. Pero surge una duda: ¿estuvo Andrew Cunanan, alguna vez, en esas listas?

El asesino: joven, guapo, inteligente y sociópata

Andrew Phillip Cunanan nació en California, en una familia de ascendencia italiana y filipina. Con un cociente intelectual de 147, muy superior a la media, sus buenísimas notas le permitieron estudiar en un exclusivo colegio de San Diego. Y con su privilegiado intelecto, no tardó en cosechar éxitos incontestables… en el campo del engaño, la mentira y el delito. Talentos, por cierto, heredados de su padre.

Foto de instituto de Andrew Cunanan.
Andrew Phillip Cunanan, alumno modelo

Su padre, Modesto Cunanan, era hijo de emigrantes filipinos, y estaba luchando en Vietnam como soldado del ejército de Estados Unidos cuando nació su hijo Andrew. Acabada la guerra, Modesto se hizo agente de bolsa, amasando una fortuna… gracias a una malversación de fondos por la que huyó a Filipinas, abandonando a su familia para evitar la cárcel.

El joven Andrew Cunanan.
Andrew Cunanan, millonario de pega.

¿Y qué hizo Andrew Cunanan para afrontar todo aquello? Inventarse una vida. Ya en el colegio, pero sobre todo en el instituto, desarrolló el hábito de inventar historias sobre su familia, haciendo creer a todos (o intentándolo) que los Cunanan llevaban una desenfrenada vida de lujo y riquezas. Alteraba sus historias y su aspecto físico según soplaran los vientos y las modas. Era, en cierto modo, un mutante de la realidad.

Empezó a estudiar Historia en la Universidad de San Diego, pero pronto dejó la carrera y se mudó a San Francisco, valiéndose de su encanto y sus mentiras para hacerse un hueco en la comunidad gay de la ciudad. Dijo a sus amigos, en aquel entonces, que había conocido a Gianni Versace en una gala de la Ópera de San Francisco. Y es cierto que Versace acudía a aquellas galas. Pero en el mar de mentiras de Andrew Cunanan, nunca hubo una prueba que mantuviese a flote esa historia.

Lo que sí se sabe con certeza es que Cunanan seducía a millonarios homosexuales de la zona de San Francisco, vivía de ellos hasta que se descubrían sus mentiras, y una vez desenmascarado buscaba otro objetivo. Pero conforme la lista de incautos se iba haciendo más larga, sus éxitos se reducían: cada vez más gente conocía las tretas de Andrew Cunanan.

Andrew Cunanan en su "book".
Andrew Cunanan en su «book».

Su excelente forma física le ayudaba en sus fines. Trató de hacerse un hueco como actor y modelo (hasta se hizo un «book», al que pertenece la foto que acompaña a estas líneas). Pero con su habitual fuente de ingresos amenazada, tuvo que hacerse chapero y gigoló. Y entró en una espiral de drogas y alcohol que afectaron a su salud y a su belleza.

Con sólo 27 años de edad y abandonado por casi todos, Andrew Cunanan dejó San Francisco para irse a Minneapolis, a ver a una de las pocas amistades que le quedaban: el exmarine Jeff Trail. Y fue entonces cuando el sociópata se convirtió en psicópata: aunque Trail era supuestamente su mejor amigo (y probable examante), Cunanan lo mató a martillazos. Así empezó el asesino su travesía del horror, que culminaría 2 meses y medio después, con el asesinato de Gianni Versace.

La travesía del horror

Todo empezó, aparentemente, por una discusión entre Jeff Trail y Andrew Cunanan. Los dos «amigos» fueron subiendo el tono, hasta que Cunanan cogió un martillo y lo descargó sobre la cabeza de Trail. Y siguió haciéndolo hasta que lo mató. Fue su primera víctima, el 27 de abril de 1997.

Cunanan enrolló el cadáver en una alfombra y, por algún motivo, lo llevó a casa de otro antiguo amante, también de Minneapolis: el arquitecto David Madson. Podemos suponer que a Madson no le gustó la idea de ocultar un cadáver, porque 6 días después de la muerte de Jeff Trail, apareció el cuerpo del propio Madson en la orilla del lago Rush, en la zona norte de Minnesota, con heridas de bala en cabeza y espalda. Cuando la policía fue a casa de esta segunda víctima, encontraron en un armario el cadáver de la primera. Habría más.

Jeff Trail y David Madson, las dos primeras víctimas de Andrew Cunanan.
Jeff Trail y David Madson, las dos primeras víctimas de Andrew Cunanan.

Para los agentes asignados al caso, no fue difícil tirar del hilo y descubrir que el antiguo marine Jeff Trail acababa de acoger en su casa a un joven que se hallaba en paradero desconocido: un tal Andrew Cunanan, que automáticamente se convirtió en el sospechoso número 1. Y tampoco es que Cunanan hiciera mucho por ocultar sus pasos, porque huyó de Minnesota con el jeep de David Madson. Pero el (aterrador) salto cualitativo llegó con la tercera víctima.

Lee Miglin, la tercera víctima.
Lee Miglin, la tercera víctima

Andrew Cunanan condujo hasta Chicago y se alojó en casa de Lee Miglin: un acaudalado empresario de 72 años (¿otro antiguo amante?) cuya esposa estaba fuera, en viaje de negocios. Cunanan le mató el 4 de mayo; en sólo siete días había pasado de ser un mentiroso y vividor, a matar a tres personas. A la tercera de ellas, con enorme saña.

Y es que el cuerpo de Lee Miglin apareció en el garaje, atado de pies y manos con cinta adhesiva; con esa misma cinta el asesino había envuelto por completo la cabeza de Miglin, antes de torturarle, clavarle 20 veces un destornillador y cortarle el cuello con una sierra. En esa misma casa, Cunanan se preparó un sandwich (que dejó a medio comer), se dio un baño y se afeitó. No está claro si antes o después de matar a Miglin.

Junto a la casa de Lee Miglin estaba el jeep de David Madson, lo que inmediatamente conectaba la muerte de Miglin con las de Madson y Jeff Trail. Con tres cadáveres a sus espaldas, Andrew Cunanan ya era oficialmente un asesino en serie. Y con víctimas en dos estados distintos (en Minnesota las dos primeras, la tercera en Illinois), el caso era ya un caso federal, a cargo del FBI.

Cartel del FBI: Andrew Phillip Cunanan, buscado por el FBI.
Andrew Phillip Cunanan, en busca y captura por el FBI.

Fue entonces cuando Andrew Cunanan, por méritos propios, entró en la lista de los 10 más buscados del FBI. Los federales le creían capaz de cualquier cosa, y no se equivocaban: Cunanan se llevó el coche de Lee Miglin, un Lexus verde fácilmente rastreable porque tenía un localizador, y condujo hasta Nueva Jersey; allí paró en un cementerio y mató de un tiro en la cabeza al vigilante jurado que guardaba el recinto, el desdichado William Reese, únicamente para robarle su furgoneta.

William Reese, la cuarta víctima.
William Reese, la cuarta víctima

Le mató el 9 de mayo, y con la furgoneta roja de Reese, Andrew Cunanan viajó hasta Miami. Llegó en un par de días, lo que significa que, en sólo dos semanas, el asesino recorrió más de 4.500 kilómetros matando a 4 personas por el camino, y al menos a una de ellas con extrema crueldad. No es de extrañar que el FBI volcara todos sus esfuerzos en tratar de localizarle. Y al detectar la furgoneta robada en los alrededores de Miami, enviaron 400 agentes de refuerzo a la soleada ciudad de Florida.

Y mientras tanto, allá en Miami, ¿qué hacía Gianni Versace? Se recuperaba en esos momentos de un rarísimo cáncer de oido, por el que había dejado el trabajo temporalmente. Pero estaba ya listo para volver y encabezar nuevamente el negocio familiar. Y además, el revuelo en torno a la posible presencia de un asesino en serie en la ciudad no le afectaba, porque no tenía ningún vínculo con Andrew Cunanan.

¿O sí lo tenía?

Gianni, Andrew y Andrés

Cunanan estuvo entonces 2 meses escondido… sin esconderse. Se movió a cara descubierta por los ambientes gays de Miami, alterando sutilmente su aspecto con gafas, tintes de pelo o maquillaje, y nadie le reconoció. Usó varios nombres falsos, pero en el colmo de la desfachatez (o en un desafío a las autoridades, característico de psicópatas) usó su verdadero nombre para vender en una casa de empeños varios objetos robados a su tercera víctima, Lee Miglin. Sabiendo además que las casas de empeños siempre eran rastreadas por el FBI, en casos como el suyo.

Riéndose de sus perseguidores, comprobando que el cerco policial no era lo bastante estrecho como para capturarle, Andrew Cunanan se fue aproximando a su víctima principal. Se sabe que merodeó frente a la mansión de Gianni Versace al menos una vez, dos días antes de matarle. Comprobando quizá las rutinas, las entradas y salidas. Los puntos débiles.

Primera página de "Miami Herald" con noticia sobre la búsqueda de Cunanan.
«Miami Herald» narrando la caza del hombre.

Y por fin, el 15 de julio, Cunanan se acercó a la mansión a la hora exacta en que Gianni Versace daba su paseo matutino, y disparó contra el modisto. Con la misma pistola con la que había disparado al vigilante William Reese y al arquitecto David Madson, robada por cierto al exmarine Jeff Trail: una semiautomática Taurus PT 100 del calibre 40.

Se desató entonces, ahora sí, una monumental «caza del hombre», con todos los periódicos de Estados Unidos recogiendo la búsqueda del asesino con la misma palabra: «Manhunt». Se ofrecieron 10.000 dólares de recompensa a cualquiera que aportara alguna pista sobre su paradero. Y en ese contexto de tensión al límite, la policía de Nueva York cometió el error de confundir a Andrew Cunanan con otro Andrew: el español Andrés Burguera.

El hijo de Andrés Pajares, tan sólo dos años mayor que Andrew Cunanan, trabajaba en aquel entonces como auxiliar de vuelo de Iberia, mientras estudiaba arte dramático. El 19 de julio de 1997, cuatro días después del asesinato de Gianni Versace, Andrés Burguera estaba en el barrio neoyorquino de Chelsea, saliendo de una peluquería, cuando vio que varios agentes le seguían. Él mismo lo ha contado muchas veces.

«¿Te llamas Andrew?», le preguntaron. «Sí», dijo él. «Le tenemos», respondieron.

Y acto seguido se le echaron encima. La cara contra el suelo, pistolas apuntándole, un helicóptero sobrevolando la zona. Le llevaron a comisaría como el enemigo público número 1 que pensaban que era. Y Burguera, temiendo por su vida pero temiendo más provocarle un paro cardíaco a su padre, usó su derecho a una llamada no para llamar a Andrés Pajares, sino para contactar con el consulado español en Nueva York. Horas más tarde, el vicecónsul y su esposa fueron a verle y pudieron demostrar a los agentes que habían cometido un error. Que aquel Andrew era otro Andrew: el hijo de un famoso actor español.

Los agentes se disculparon con Andrés Burguera, el vicecónsul le recomendó no interponer denuncia alguna… y como compensación, al español le concedieron un equivalente a la «Green Card» (la tarjeta de seguridad social que permite vivir y trabajar en Estados Unidos).

Reconoce Andrés que tiene «algo intimidatorio en la mirada» que pudo haber contribuido a la confusión de los agentes. Pero más allá de eso, Andrés Burguera y Andrew Cunanan sólo compartían el nombre, el color del pelo y apenas la edad. Cabría preguntarse si a los agentes les bastó con que tuviera un aspecto latino para sospechar de él… o si ser hijo del actor que hizo «Los bingueros» se considera un agravante. Quién sabe.

El final de la travesía

Pese a las sospechas de aquellos agentes, el verdadero Andrew Cunanan no estaba en Nueva York. Seguía en Miami, escondido en una casa flotante: una de las muchas que hay en esa ciudad costera. Estuvo allí 9 días, a lo largo de los cuales fueron apareciendo la furgoneta roja robada al vigilante William Reese, documentación falsa con fotos de Cunanan, y recortes de prensa que el propio Cunanan había guardado (y perdido), de sus «hazañas» como criminal.

Levantamiento del cadáver de Andrew Cunanan.
Levantamiento del cadáver de Andrew Cunanan.

Según la versión oficial, la policía siguió el rastro del asesino hasta esa casa y, al rodearla, Andrew Cunanan se suicidó (o «lo suicidaron», según Andrés Burguera, para que no contara todo lo que sabía; se desconoce qué fuentes maneja el hijo de Andrés Pajares). Siempre según fuentes oficiales, Cunanan se pegó un tiro en la cabeza con la misma pistola con la que antes había segado las vidas de Versace, Reese y Madson. Entre sus objetos personales, varios tubos de hidrocortisona y una colección de libros de C.S. Lewis (autor de «Las crónicas de Narnia»). No dejó nota de suicidio.

Ironías del destino, el mismo día en que Cunanan se quitó la vida, se celebró en Milán el funeral por Gianni Versace. La lista de asistentes parecía la de la gala de los Oscar o los Grammy, con presencia entre otros de Elton John, Sting, Giorgio Armani, Karl Lagerfeld, Naomi Campbell o la mismísima Princesa Diana de Gales. Que en otra ironía del destino, moriría tan sólo un mes más tarde, en accidente de coche, en un túnel de París. El funeral de Versace fue uno de sus últimos actos públicos multitudinarios.

Funeral de Gianni Versace.
Sting, su esposa Trudy Stiler, Diana de Gales y Elton John en el funeral de Gianni Versace.

El Imperio Versace quedó en manos de su hermana Donatella. La mansión de Miami fue vendida y ahora es un hotel de superlujo. Los restos incinerados de Andrew Cunanan descansan en el cementerio católico Holy Cross de San Diego, California. Y los de Gianni Versace encontraron sepultura junto al lago Como, en Italia.

Pero quedó, como decíamos, un cabo suelto.

El misterio sin resolver

La pregunta que nadie pudo responder es la que muchos se hicieron desde el principio: ¿se conocían de algo Cunanan y Versace? 700 páginas de investigación, horas y horas de interrogatorios, cientos de archivos fotográficos y de vídeo no lograron sacar nada en claro. El asesinato de Gianni Versace se cerró con los agentes argumentando que quizá Cunanan escogió al modisto como víctima definitiva por ser un homosexual de éxito, aceptado y aplaudido, y millonario de verdad. Versace era todo lo que Cunanan no era, siendo además una diana sorprendentemente accesible. Con el perfil psicológico del asesino, la explicación parece muy sólida.

Pero, ¿de verdad no se conocían? Las historias de Cunanan sobre su encuentro con Versace en la Ópera de San Francisco quizá fueran una invención, o una exageración. Pero una investigación periodística de Vanity Fair, muy posterior al crimen, reveló que verdaderamente Cunanan y Versace podrían haber coincidido al menos dos veces. La primera, en el club gay Colossus de San Francisco, 7 años antes del asesinato de Gianni Versace. La segunda, en la citada Ópera de esa misma ciudad.

¿Significa eso que llegaron a tener contacto personal? La familia Versace lo niega, y sigue sin haber pruebas que lo respalden. Pudieron estar bajo el mismo techo las dos veces, y que Gianni Versace, en la zona VIP, fuese contemplado por Andrew Cunanan desde zonas más «proletarias», sin que llegaran a intercambiar una sola palabra. O puede que intercambiaran algo más, puntualmente.

Pero ambas situaciones podrían derivar a lo mismo: que Versace, en la mente trastornada de Cunanan, se convirtiera en el objetivo a batir. En la encarnación de su sed de venganza contra el mundo.

El reparto de "American Crime Story", temporada 2.
Penélope Cruz, Edgar Ramírez, Darren Christopher y Ricky Martin en «American Crime Story»

La verdad quedó escondida, quizá para siempre, en la mente del asesino. Podemos, no obstante, disfrutar de la detalladísima recreación del caso que se hizo en la temporada 2 de «American Crimen Story». Ambas temporadas están disponibles en Netflix, y en «Sesión Doble» ya dedicamos un extenso reportaje al caso que se abordó en la primera temporada: el caso de O. J. Simpson.

Pero como decíamos al principio, el caso Versace es quizá todavía más asombroso. Porque dejó clara una dolorosa verdad: matar es fácil. Con todo el FBI buscando a un asesino en serie dispuesto a cometer más crímenes, con cientos de agentes desplegados para buscarle, con su rostro en carteles por todo el país, y con una celebridad como objetivo final, nada pudo parar a Andrew Cunanan. Que no era un supergenio del mal, ni un maestro del disfraz, ni un agente secreto entrenado para misiones imposibles. Era…

Flores, sobre manchas de sangre, en la escalinata de la mansión Versace.

…bueno, eso podría ser otro misterio. ¿Quién era realmente Andrew Cunanan? ¿Cuál de sus distintas encarnaciones era la auténtica? ¿Cuánta verdad había en sus mentiras? Al final, lo único verdadero de sus últimos días fueron, quizá, las manchas de sangre en los cinco escalones de una mansión de Miami.

Author

Dr. Rumack

Volando de cine en cine desde 1975, aterrizo en "Sesión Doble" con un doble objetivo: hablar de cine, y hablar de televisión. Disfruta con nosotros, opina lo que quieras y critica lo que te parezca: todo es bienvenido. Pero por favor: no me llames Shirley.

Escribir Comentario