El Caso OJ Simpson

Una mujer y su presunto amante aparecen brutalmente asesinados. El exmarido de la fallecida, y único sospechoso del doble asesinato, trata de huir cuando iba a ser detenido. La policía encuentra 550 pruebas contra él, entre restos de sangre, ADN y un revelador par de guantes: uno en su casa, y otro en la misma escena del crimen. Y muchos testimonios y fotografías corroboran un historial de malos tratos, por parte del acusado, hacia su asesinada exmujer. 

Parece el caso más fácil del mundo, para los fiscales.

Pero el acusado era O.J. Simpson. Exfutbolista y actor. Y hasta ese momento, el hombre más famoso y querido de los Estados Unidos.

Y el 3 de octubre de 1995, a las 10 y 7 minutos de la mañana, en los juzgados de Los Ángeles, los 12 miembros del jurado dictaron un veredicto que muy pocos esperaban.

Si alguna vez ha habido un “juicio del siglo”, sin duda fue el suyo. Y para entender lo que ocurrió, hay que conocer la asombrosa historia completa de O.J. Simpson, “Orange Juice” para los amigos.

Tómense un zumo de naranja mientras leen estas líneas, porque querrán quitarse el mal sabor de boca que dejan ciertos crímenes.

Ficha policial O.J. Simpson

La infancia del sospechoso

Orenthal James Simpson nació en San Francisco, y se convirtió muy pronto en una estrella del fútbol americano gracias a su portentosa forma física. Y eso que, de niño, sufrió raquitismo y tuvo que llevar aparatos ortopédicos en las piernas hasta los 5 años de edad. Después entró en una banda callejera, “The Persian Kings”, y con 15 años pasó 7 días en la cárcel, por robar en una licorería.

Pero el deporte le alejó de las calles, y sus triunfos en el fútbol fueron tan rápidos como espectaculares. Todavía hoy, Simpson conserva varios récords de la Liga Profesional. Y fueron los comentaristas deportivos quienes, jugando con las iniciales de su nombre, le pusieron el apodo de “Orange Juice”: “Zumo de naranja”.

O.J. Simpson Futbolista

No soy blanco ni negro, soy O.J.

Al contrario que otras celebridades afroamericanas, Simpson no se metía en política. No se “mojaba” en temas candentes como racismo o derechos civiles, y se jactaba de preocuparse sólo de sí mismo, y de su carrera. Afirmaba, para resumir su posición, que “No soy negro ni blanco, soy O.J.”. Y quizá por eso, la América blanca le recibió con los brazos abiertos. Con una ingente masa de fans de todos los grupos sociales y colores de piel, Hollywood no tardó en ofrecerle papeles con los que aprovechar su fama, para vender entradas de cine.

Con sólo 26 años compartió pantalla con Paul Newman y Steve McQueen en “El coloso en llamas”, ¡sin haber dejado todavía el fútbol! Y poco a poco fueron llegando otros films, como “El puente de Cassandra”, “Capricornio Uno” o “El poder del fuego”, estrenados todos ellos en los años 70.

A comienzos de los 80, los productores de “Terminator” barajaron ofrecerle el papel del robot asesino que da título a esta película. Pero al final desecharon la idea, pensando que Simpson caía tan simpático a los espectadores que a nadie le parecería creíble haciendo de asesino (las vueltas que da la vida). Y poco después, subrayando precisamente su aspecto de tipo entrañable, entró en la saga de “Agárralo como puedas”, con la que triunfó en la comedia.

Lapida de la hija de O.J. Simpson

Pero ya entonces, su vida no tenía nada de cómico.

La tragedia llamó a su puerta en 1979, cuando falleció una de sus hijas, Aaren Simpson, con sólo dos años de edad, ahogada en la piscina familiar, accidentalmente. Era la tercera de los 3 hijos que tuvo con su primera esposa, Marguerite Whitley, y la muerte de la pequeña distanció a la pareja. 

O.J. Simpson con Margaret Whitley

Pero tampoco ayudaron las continuas infidelidades de O.J. Simpson con toda mujer que se cruzara en su camino. Incluida una camarera de “night club”, que se convertiría más tarde en su segunda esposa: Nicole Brown. La misma que acabaría siendo asesinada, a manos (presuntamente) del propio Simpson.

Hasta que la muerte los separe

O. J. Simpson y Nicole Brown estuvieron 7 años casados, y con ella Simpson tuvo dos hijos más. Y fue una época de aparente felicidad… de cara a la galería. Pero lejos de los ojos del público, aquel matrimonio fue un infierno para Nicole. Hubo malos tratos casi desde el principio, como cuando el fornido exfutbolista aprovechó su fuerza para levantar a su esposa en el aire y lanzarla contra una pared, ante los atónitos ojos de una de las hermanas de ella.

Y aún así, tras el divorcio, Nicole y O.J. siguieron viviendo en el mismo barrio de Los Ángeles (Brentwood), a sólo 5 minutos el uno del otro, por el bien de sus hijos. Con una relación más o menos cordial entre la expareja.

De hecho, llevaban ya dos años divorciados, cuando ella fue brutalmente asesinada.

 La escena del crimen

El 12 de junio de 1994, Nicole apareció muerta, tirada en el suelo, en el pequeño paseo ajardinado que unía el edificio en que vivía con la verja exterior de la urbanización. Su ensangrentado cuerpo presentaba 7 heridas leves de arma blanca y un corte en el cuello de 13 centímetros de longitud, que le había seccionado la carótida y la yugular, causándole la muerte entre las 22:15 y las 22:40, según los forenses.

A su lado había un segundo cadáver: el de Ronald Goldman, modelo ocasional y aspirante a actor, que para llegar a fin de mes trabajaba de camarero en un restaurante italiano al que solían acudir Nicole Brown y su madre. Allí fue donde Ronald y Nicole se conocieron, y los indicios sugieren que eran amantes (aparentemente, ella le estaba esperando en casa con un baño romántico con velas), aunque nunca se demostró con absoluta certeza que su relación fuese más allá de la amistad.

Lo que sí pudo aclararse, en la reconstrucción de los hechos, es que Ronald Goldman llegó a la casa en el fatídico momento en que Nicole Brown estaba siendo asesinada (o acababa de serlo). Y hay que tener en cuenta que Goldman era cinturón negro de kárate, y estaba en una excelente forma física.

En vez de huir, se enfrentó al asesino.

Y recibió 17 puñaladas, 10 más que Nicole Brown, falleciendo desangrado. Lo que indica que el asesino debía de ser realmente corpulento. Tan fuerte y grande, por lo menos, como O.J. Simpson.

El problema es que nadie vio lo ocurrido. ¡No hubo ningún testigo ocular! Pasadas las 10 de la noche, en un barrio residencial angelino, todo el mundo estaba durmiendo. 

Los cuerpos fueron descubiertos, cerca ya del amanecer, por un vecino que paseaba a su perro. Y al identificar a Nicole Brown, la policía se presentó de inmediato en la gran mansión de Simpson.

Nadie les abrió, pero entraron igualmente saltando por encima de la verja. Y enseguida descubrieron manchas de sangre en su coche… y un guante solitario, perdido entre unos matorrales tras la caseta de servicio de la mansión. La pareja del guante apareció días más tarde, en el lugar más incriminador donde podía aparecer: ¡la propia escena del crimen!

Con pruebas tan abrumadoras, es fácil imaginar un comando de SWAT entrando en ese instante por las ventanas de la mansión, para detener al sospechoso.

Pero no ocurrió eso.

La policía tardó 5 días en ir a detener a O.J. Simpson. Los primeros agentes que trataron con él, antes de interrogarle ¡le pidieron autógrafos! Policías y fiscales trataron primero con sus abogados, buscando cómo abordar el caso de la forma menos lesiva para su imagen pública. Y cuando el caso ya era obvio que Simpson debía ser arrestado, el sospechoso… ¡se fugó!

La huida

El 17 de junio de 1994, Simpson se fugó en el Ford Bronco de color blanco que vemos en la foto bajo estas líneas. ¡El mismo automóvil en el que la policía había encontrado manchas de sangre!

O.J. Simpson escapando en el Ford Bronco

Cuando O.J. Simpson subió al coche estaba en casa de su abogado y amigo Robert Kardashian, padre de la entonces adolescente (y hoy “celebrity”) Kim Kardashian. De hecho, se supo más tarde que Simpson, revólver en mano, había amenazado con pegarse un tiro en la cabeza, estando en la habitación de la hermana de Kim, Khloé Kardashian, y en presencia de Robert.

El propio Robert Kardashian convenció a Simpson de que no apretara el gatillo. Pero cuando Simpson bajó el arma, en vez de entregársela a su abogado se escabulló hasta el Ford Bronco, y huyó de la casa a toda velocidad.

Llevaba en el coche 8.000 dólares en metálico, un pasaporte en regla, barba y bigote postizos, y el mismo Magnum 357 con el que se había encañonado en el dormitorio de Khloé Kardashian. Y cuando la policía localizó el vehículo en la autopista y empezaron a seguirle, de nuevo Simpson amenazó con quitarse la vida si se acercaban demasiado.

El Ford Bronco llegó a tener hasta 20 coches policía detrás, en una persecución que duró casi 2 horas. Pero fue, quizá, la persecución automovilística menos trepidante de la historia de Los Ángeles. Porque circularon a no más de 56 km/h, en una calma tensa en la que nadie se atrevía a dar el primer paso. Y en esas dos horas, recorrieron poco más de 80 kilómetros, dando vueltas sin rumbo fijo, en lo que algunos cronistas describieron con acierto no como una persecución, sino más bien como un “cortejo”

Y no pocos recordaron, también, que el “modus operandi” de la policía de Los Ángeles ante sospechosos en fuga (especialmente si eran afroamericanos) solía ser embestir el automóvil huido hasta hacerlo volcar. Y ante la duda, disparar primero y preguntar después. Justo lo contrario de lo que hicieron con O.J.

100 millones de telespectadores

Entre tanto, la televisión se lanzó a cubrir el evento. Todas las emisiones previstas quedaron suspendidas (incluidos los partidos de la NBA) para retransmitir en riguroso directo la fuga y caída en desgracia del hombre más famoso de América. Hasta 9 helicópteros de cadenas de TV se sumaron a la persecución, con tal densidad de transmisiones televisivas que las señales de unas cadenas se superponían a otras. El consumo telefónico y de agua bajó a menos de la mitad, porque nadie quería perderse ni un instante del “show” yendo al baño, o hablando por teléfono (apenas había móviles en aquel entonces). Y el país entero se paralizó, con casi 100 millones de telespectadores reunidos ante las pantallas, para asistir en primera fila a un espectáculo nunca visto hasta entonces.

Pero otros muchos no se conformaron con la “tele”, y quisieron ser testigos “in situ” del acontecimiento. Y así, cientos de personas se dieron cita en los márgenes de la autopista por la que circulaba el Ford Bronco, y en los puentes que pasaban sobre ella, para ver con sus propios ojos al mítico exfutbolista en la que bien podía ser ¡la última carrera de su vida! Y en no pocos tramos de la carretera, el coche de Simpson tuvo que ralentizar y maniobrar para esquivar a sus “fans”.

O.J. Simpson en el ford bronco con fans detras

En cualquier caso, era evidente que O.J. no tenía escapatoria. Sin más salidas que entregarse, o apretar el gatillo, acabó dirigiéndose a su mansión. Aparcó ante la puerta y aguardó 45 minutos más, dentro del coche. Tres cuartos de hora en los que pudo pasar cualquier cosa. Pero al final, salió del vehículo y se entregó.

Conviene recordar que habían pasado sólo cuatro años desde que varios agentes de la policía de Los Ángeles dieron una paliza casi mortal al afroamericano Rodney King, y tres años desde que esos mismos agentes fueron absueltos por la paliza, en un controvertido juicio con un jurado mayoritariamente blanco. Su absolución desató los disturbios más graves jamás ocurridos en Los Ángeles, con 63 muertos, 2.000 heridos, 3.600 incendios y más de 10.000 detenidos (de los cuales el 42% eran afroamericanos).

Cuando O.J. Simpson huyó en su coche, el recuerdo de esos disturbios estuvo en la mente de todos, y nadie quería que se repitieran. Esa fue, probablemente, una de las razones por la que la policía actuó esta vez con mano de seda contra Simpson.

Pero también es cierto que, de no haber sido rico y famoso, posiblemente no habría sido detenido con tanto tacto. Ni el juicio se habría desarrollado como se desarrolló.

O.J. Simpson en el juicio

 El juicio del siglo

Simpson fue a juicio con un equipo de 9 abogados, tan caros que sus servicios le costaron 20 millones de dólares. Entre ellos estaba el citado Robert Kardashian, que llevaba un tiempo retirado de la abogacía, pero que renovó su licencia para poder defender a su amigo en los tribunales. Y teniendo muy presente el caso de Rodney King y otros antecedentes de violencia policial contra afroamericanos, la defensa de Simpson se basó fundamentalmente en decir que las pruebas podían haber sido amañadas por policías racistas, que querían acusar a O.J. Simpson ¡sólo por ser negro!

De la noche a la mañana, sus abogados quisieron convertir al acusado en un símbolo de la lucha contra el racismo. Y eso que, en sus propias y viejas palabras, O.J. no era ni blanco ni negro: era, simplemente, O.J.

Pero aún así, la táctica de la defensa funcionó espectacularmente bien, como veremos enseguida. Aunque en ello jugó un papel esencial… la propia fiscalía, y su torpeza en momentos clave del juicio. Sobre todo en relación ¡a los dichosos guantes!

Los guantes fueron encontrados por un detective llamado Mark Führman: el mismo que, la noche del crimen, poco después de ser hallados los cadáveres, saltó por encima de la verja de la casa de Simpson, sin esperar a que le abrieran. Ese mero hecho podía ser esgrimido para tratar de invalidar las pruebas que encontrara. Pero es que, además, durante el juicio se demostró que Führman coleccionaba objetos militares nazis de la 2ª Guerra Mundial, y que tenía antecedentes claros de conducta racista en sus años como policía. Incluido el uso frecuente de cierta palabra que empieza por “n”.

Aún así, la fiscalía le llamó a testificar, en lo que muchos juzgaron como un error de bulto. Y como era de esperar, la defensa de Simpson lo destrozó en el estrado.

Con ello, quedaba en entredicho la credibilidad de la más clara prueba incriminatoria: el par de guantes. Y esa credibilidad resultó herida de muerte, en otra decisión incomprensible de la fiscalía: pedir a Simpson que se probara los guantes.

O.J. Simpson con los guantes

Los guantes

Había pasado más de un año desde que esos guantes de piel fueron archivados como prueba. Los habían congelado y descongelado varias veces, la piel se había tensado, y encima el sospechoso iba a probárselos con otro par de guantes puestos, de látex, que por muy finos que fueran podían hacer más difícil que se pusiera los de piel.

Aún así, ante las dudas razonables que la defensa iba asentando en relación al racismo de todo el proceso, los miembros de la fiscalía decidieron dar un golpe de efecto con los guantes, buscando una imagen poderosa que quedara grabada en el jurado: la del acusado, pertrechado para el crimen.

Pero la imagen se les volvió en contra. ¡Los guantes no le cabían! Esa fue la imagen que quedó grabada en los ojos de todos, mostrando lo que parecían los guantes de un niño en las manos de un gigante. La prueba de cargo fundamental quedaba completamente arruinada.

Lo que pocos sabían, en ese momento, que toda esta teatral situación formaba parte ¡de un truco de la defensa!

O.J Simpson con los guantes

O. J. Simpson arrastraba graves lesiones en las rodillas, de cuando era futbolista, y para combatir el dolor solía tomar grandes dosis de antiinflamatorios. Pero al empezar el juicio dejó de tomarlos, ¡por “consejo” de sus abogados! Y así, cuando llegó el momento de probarse los guantes, Simpson tenía las manos hinchadas ¡y no le entraban bien! Sin olvidar que el acusado exageró lo estrechos que le quedaban, ofreciendo en esos momentos, en palabras de la fiscalía, “La mejor interpretación de toda su carrera como actor”.

Visto para sentencia

Con momentos como ése, el caso quedaba visto para sentencia. Y demostrando una vez más que todo en este caso era extraordinario, el jurado batió un récord: el de menor tiempo de deliberación, en un caso de asesinato.

En un tipo de delito en el que los jurados suelen deliberar durante días, o hasta semanas, los 12 miembros de aquel jurado tardaron sólo 4 horas en ponerse de acuerdo y tomar una decisión.

Su veredicto fue NO CULPABLE.

De nada sirvieron las 550 pruebas en su contra, o que no se encontrara ni una sola pista sólida que pudiera dar a pie a otra línea de investigación, con otros sospechosos. Porque, si Simpson no lo hizo, ¿quién lo hizo?

Nadie se molestó en responder a esa pregunta. Con el acusado en la calle, tampoco él ni su equipo buscaron la respuesta (pese a ser los máximos interesados en encontrarla). Y hoy en día, con más de 70 años de edad, Orenthal James Simpson es un hombre libre

Aunque, probablemente, los zumos de naranja ya no le sepan tan dulces como antes.

 Los otros juicios

Tras el mediático juicio penal, O.J. Simpson pasó por un segundo juicio por los mismos delitos: el juicio civil, que sólo impone multas y no penas de cárcel. Y en esta ocasión, sin dinero ya para contratar a los nueve abogados que antes le absolvieron, Simpson fue considerado responsable civil de las muertes (signifique lo que signifique), con una multa de 30 millones de dólares, a pagar a las familias de los fallecidos. Pero se declaró insolvente, ¡y nunca les ha pagado ni un solo dólar!

Y todavía pasó por un tercer juicio, esta vez por otro delito: irrumpir con varios matones en la casa de un coleccionista de recuerdos deportivos, para robarle varios objetos relacionados con la carrera del propio Simpson (con la presumible intención de venderlos después). Todo ello ejecutado con violencia y amenazas de muerte, lo que le valió una condena… de 33 años de cárcel (lo que no lograron Nicole Brown ni Ronald Goldman, lo consiguieron cachivaches de coleccionista).

Sin embargo, pasó tan sólo 9 años entre rejas, al obtener la libertad condicional en el año 2017. Desde entonces vive en Las Vegas, supuestamente subsistiendo con las pensiones que le corresponden de la Liga de Fútbol, y del Sindicato de Actores. ¡Y cobrando a veces por sus autógrafos! Porque, sí, todavía le piden autógrafos.

O.J. Simpson firmando autógrafos

Pero algo sí que ha cambiado desde aquel “juicio del siglo”. En aquel momento, las encuestas decían que casi el 80% de los afroamericanos consideraban a O.J. Simpson inocente de los asesinatos, y víctima de un complot policial. Hoy en día las tornas se han invertido y las encuestas dicen prácticamente lo contrario: que Simpson fue culpable.

Su buena imagen pública se ha esfumado casi por completo, como dicen que pasa con las vitaminas de un zumo de naranja, cuando uno tarda demasiado en beberlo. Llegados a este punto, su sabor será ya casi tan amargo como el de los crímenes impunes.

Sarah Paulson, Cuba Gooding Jr. y John Travolta en la primera temporada de "American Crime Story": la recreación del caso de O. J. Simpson.
Sarah Paulson, Cuba Gooding Jr. y John Travolta en “American Crime Story”.

Postdata: más allá del caso Simpson

El caso Simpson fue recreado en la pantalla, con extremo realismo, en la primera temporada de “American Crime Story”. La temporada 2 recreó un caso igualmente igualmente sobrecogedor: el caso Versace. Cuya sorprendente historia real encontrarás en este artículo sobre el asesinato de Gianni Versace: 2 disparos en la nuca, 400 policías buscando al asesino y un misterio sin resolver. Las dos temporadas están en Netflix.

Y si te gustan los misterios, no te pierdas el reportaje sobre el caso Gene Tierney: un virus letal, un confinamiento no respetado y una víctima recién nacida.

Y ojo también al niño fantasma que apareció en una película de Disney, ¡porque quizá nunca estés tan cerca de ver un fantasma con tus propios ojos!

Author

Dr. Rumack

Volando de cine en cine desde 1975, aterrizo en "Sesión Doble" con un doble objetivo: hablar de cine, y hablar de televisión. Disfruta con nosotros, opina lo que quieras y critica lo que te parezca: todo es bienvenido. Pero por favor: no me llames Shirley.

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